Ester se casa con Jerjes
Un concurso de belleza, una noche con el rey y una boda real
En el estudio anterior vimos cómo la reina Vasti se negó a presentarse ante el rey Jerjes; en su estado ebrio, él la destronó. Sus consejeros insensatos le sugirieron buscar una nueva reina entre las vírgenes de la extensa región de Persia. La propuesta agradó a la naturaleza impulsiva del rey, y trajeron jóvenes al palacio para una competición —en todos los sentidos— por ser la próxima reina.
En este estudio conoceremos a Ester, una judía que vivía en Susa durante la diáspora, junto a su primo Mardoqueo, hasta que recibió la orden del rey y se mudó al palacio. Exploraremos este segundo capítulo del libro en forma de diario ficticio de Ester, basado en el texto bíblico.
Voy al palacio
No sé si el rey se disculpó con la reina madre o si se arrepintió de destronarla, pero creo que lo que le hizo fue injusto. No sé qué hubiera hecho en su lugar, pero pedirle que se presentara ante todos esos hombres fue injustificable. Eso no agrada a nuestro Dios. Pero el palacio no pertenece a Dios, sino a Marduk, Ishtar y Baal. Es una de las cosas más difíciles de vivir en Persia: la falta de adoración al verdadero Dios
No pasó mucho tiempo después de escuchar el chisme sobre la destitución de la reina cuando llegaron mensajeros desde Susa para llevar a las vírgenes más bellas al palacio, donde competirían por ser la nueva reina.
Mi primo Mardoqueo me adoptó cuando mis padres murieron. Nunca me hizo sentir como “la prima abandonada”, sino como la hija que siempre quiso. Todavía tengo la muñeca que me compró cuando tenía cuatro años; hasta jugaba conmigo. Es un buen hombre, muy trabajador y responsable. No quería dejar la casa de mi tío, pero no me quedaba alternativa. Por lo menos vivo en Susa y no tuve que viajar muy lejos.
Llamaron a algunas de mis amigas a participar. Mientras emprendíamos el viaje al palacio, vi a muchas mujeres llegando. Deben haber venido desde muy lejos; llevaban ropa extraña pero maravillosa.
El harén
Nos mostraron el harén, nuestro nuevo hogar. El palacio es un deleite para los ojos: toldos de fino lino blanco y azul adornan los pasillos, columnas de mármol, sofás hechos de oro y plata decorados con diversas figuras. Por donde miraba, había muebles y dioses tallados en mármol blanco y negro, nácar, perlas y otras piedras preciosas.
No reconocí algunos de los idiomas que las otras chicas hablaban. Algunas habían traído comida consigo, empacada en sus maletas. Unas lloraban mientras sus criadas las dejaban en la puerta del palacio, sin saber cuándo volverían a ver a sus parientes. Otras tenían una sonrisa maliciosa, como si todo esto fuera a ser suyo, por las buenas o por las malas.
En el harén conocimos a Jegay, el eunuco encargado de las mujeres. Era un hombre, pero no como los que había conocido. Era bajito, sin barba, y tenía manos muy finas. Su voz parecía el canto de las aves al amanecer. No caminaba, sino que flotaba por el harén. Nos observó con unos ojos escépticos pero cálidos, informándonos de las reglas: no podemos salir del harén sin su permiso y nunca sin escolta. Nos dará tratamientos de belleza antes de presentarnos ante el rey. ¿Qué tipo de tratamientos serán? No tengo la menor idea de qué esperar.
Algunas de las mujeres aquí son frívolas, y otras casi maliciosas. Sin embargo, procuro ser amable con todas. Por lo menos conozco a algunas chicas de Susa que crecieron conmigo. Tampoco trato de competir con ellas, y me tratan bien.
Algunas muchachas gruñeron cuando se enteraron de que no conoceríamos al rey durante los próximos doce meses. Pero eso no me molesta en absoluto. En realidad, preferiría regresar a casa en lugar de conocer al rey. Pero sé que Dios está conmigo, que me tiene aquí por alguna razón. En la noche, cuando las demás duermen, oro silenciosamente, hablando con Él, pidiéndole sabiduría y protección.
No me siento totalmente abandonada porque mi primo Mardoqueo trabaja como funcionario aquí en el palacio. Aunque no puedo verlo, dicen que pasa cerca de las instalaciones donde vivo para saber cómo estoy y si me tratan bien. Eso me hace sentir menos como una prisionera y más como si todavía estuviera en casa.
Antes de venir a vivir aquí, mi primo me instruyó que no debía revelar a nadie que soy judía, ni que mi nombre hebreo es Jadasá. No entendí muy bien por qué me dio esa instrucción, pero confío en él. Muy pronto lo comprendería.
Paso mis días leyendo los libros que Jegay me trajo cuando supo que sé leer. Parece impresionado conmigo, pero no sé por qué. Había conversado conmigo un par de veces, hasta que un día, esto sucedió.
A Jegay le cayó bien Ester
Ester 2:9: A Jegay le cayó bien Ester y la trató con preferencia, le dio tratamientos de belleza, cosméticos y alimento. Jegay eligió siete criadas del palacio del rey y se las dio a Ester. Jegay hizo que Ester y sus criadas ocuparan un lugar de privilegio en la residencia de las mujeres.
Mis propios aposentos
Al principio no entendía por qué Jegay me mostró preferencia, pero con el tiempo comprendí que él vio algo en mí. Conocía muy bien a Vasti; sabía perfectamente sus gustos. Sin que yo me diera cuenta, él estaba entrenándome para ser coronada como la próxima reina de Persia.
Cuando me dio mis propios aposentos, con siete criadas para servirme, no sabía qué pensar. Jamás había tenido una sierva, mucho menos siete. Pero las trato como amigas, no como criadas. Jegay me explicó que, para que una joven pudiera presentarse ante el rey, debía haber completado doce meses de tratamientos de belleza: seis meses con aceite de mirra y otros seis con perfumes y diferentes clases de cosméticos. Él me dio cremas y aceites de Egipto, de India y de Etiopía. Me imagino que huelo muy bien, pero no estoy segura.
Aunque extraño la comida casera, Jegay me ha dado los deleites de Persia. Aquí he probado los bocadillos más extraordinarios que podría imaginar.
No puedo creer que ya he vivido aquí por más de un año. Una tarde, Jegay vino a mis aposentos y me dijo que me preparara, porque esta noche va a llevarme ante el rey. No me dijo exactamente qué esperaba de mí, pero me explicó el procedimiento.
Una única oportunidad
Ester 2:14: La muchacha elegida iba al palacio del rey por la noche, y en la mañana regresaba al sitio de las mujeres. Entonces era puesta bajo el cuidado de un hombre llamado Sasgaz, el eunuco encargado de las concubinas del rey. La muchacha no podía regresar de nuevo a donde estaba el rey, a menos que a él le hubiera gustado y la mandara llamar.
Muchas pasan el resto de su vida sin volver a ver al rey
No fue una exageración decir que estaba nerviosa. Sabía más o menos qué se esperaba de mí, pero nunca pensé que iba a conocer a un hombre sin estar casada. Pero no tenía opción; ninguna de nosotras la tenía. Me da pena pensar que el rey se acueste con cada una de nosotras, pero así es la ley, y lo que anhela el rey se convierte en ley.
Antes de llevarme, Jegay me preguntó si estaba lista. Le contesté que sí, pero mi postura le indicó que no. Llevaba mi cabello suelto, cubierto con un sencillo velo azul. Entonces él me dijo algo que nunca olvidaría:
—Ester, estoy seguro de que al rey le vas a encantar.
Eso me calmó. Desde que llegué aquí, Jegay nunca se ha equivocado. Ya tenía puesto el vestido que me recomendó: era azul pálido, con pequeñas flores de oro bordadas. Me preguntó si sabía qué quería llevar conmigo; me encogí de hombros, sin tener la menor idea de qué debía llevar. Le pregunté qué me sugería. Jegay pensó un momento y me trajo un libro de cuentos; dijo que al rey le gustaba cuando era niño. No creo que el rey quiera que le lea, pero vale la pena intentarlo.
Cuando entré en los aposentos del rey, no sabía qué pensar. No es viejo, pero sin duda es mucho mayor que yo. Jegay me presentó al rey y salió, guiñándome el ojo antes de partir. Exhalé despacio y me incliné ante Jerjes, esperando que me diera permiso para verle la cara. Me sorprendió: parece que alguien ya le había hablado de mí, porque me dijo:
—Ay, sí, Ester, la que todos admiran y aprecian.
No sabía cómo contestarle. Me preguntó qué tenía en la mano. Cuando le dije que era un libro, y le dije cuál, se puso muy contento, y le leí un par de páginas.
A la mañana siguiente no sabía qué esperar. Al amanecer, el nuevo eunuco, Sasgaz, me acompañó a mis nuevos aposentos. Me trajo un desayuno grande y me dijo que descansara. Para mi gran sorpresa, el rey me llamó esa misma noche. Y la próxima. Esto es lo que ocurrió.
Me convertí en su favorita
Ester 2:17-18: Al rey le gustó Ester mucho más que cualquier otra. Ester se convirtió en su favorita y el rey le puso una corona en la cabeza y la nombró la nueva reina en lugar de Vasti. El rey ofreció una gran fiesta en honor a Ester e invitó a todos los funcionarios y servidores. Declaró día de fiesta en todas las provincias y envió regalos a la gente, como sólo un rey generoso puede hacerlo.
La boda del año
El día de nuestra boda fue tan bello, tan elegante. Jegay me buscó y me susurró que sabía que yo iba a ser la próxima reina. Bueno, no sé si realmente lo sabía o no, pero él me había ayudado tanto… le debo mucho. Conocí a tantos funcionarios ese día que ni siquiera puedo recordar todos sus nombres.
Ahora que soy la reina —es tan extraño escribir esas palabras— tengo mis propios aposentos, aún más lujosos que los que había tenido antes. También soy la encargada del harén. Tengo que decidir a quién enviar a los aposentos del rey y cuándo, escuchar las quejas de las concubinas y mantenerme lista para atender los deseos del rey. Es exhausto. Es raro compartir a mi marido con otras, pero así es en Persia. Aprovecho las noches en que no tengo que presentarme ante el rey para rezar a Dios en silencio. Todavía no le he contado a nadie que soy judía…
Mardoqueo descubre una conspiración
Ahora que soy reina, estoy aún más agradecida de que mi primo Mardoqueo trabaje en el palacio. Una tarde, él estaba sentado a la puerta del palacio, como acostumbraba a hacerlo, cuando se enteró de un complot contra Jerjes, mi esposo. Esto es lo que sucedió.
Ester 2:21: En aquellos días, cuando Mardoqueo estaba sentado a la puerta del palacio del rey, Bigtán y Teres, dos oficiales del rey que vigilaban la entrada, se molestaron tanto con el rey que planearon la forma de asesinarlo.
Cuando mi primo Mardoqueo se enteró del plan, me lo contó enseguida por medio de un mensajero. Fui a ver a mi esposo y le dije que uno de sus funcionarios, Mardoqueo, había escuchado a dos oficiales planear asesinarlo. Después de comprobar la veracidad del complot, mi marido estaba muy agradecido. Como consecuencia, en lugar de asesinar a Jerjes, Bigán y Teres fueron ahorcados.
En el próximo estudio conoceremos a Amán y su plan para destruir a los judíos.

