Cómo orar: el Padre Nuestro
Oramos para tener intimidad con Dios
En los estudios anteriores, hemos examinado las primeras secciones del Sermón del Monte. Jesús ha ensenado sobre la justicia del Reino como una transformación del corazón. Él comienza declarando quiénes son los verdaderamente bendecidos y cómo viven. Describe a sus discípulos como luz y sal en un mundo oscuro. Corrige la idea de que la ley se cumple solo externamente. Muestra que la ira, el desprecio, el deseo y la falta de integridad nacen en el interior. Nos llama a reconciliar antes de adorar, a ser fiel en pensamiento y acción, a hablar con verdad, a renunciar a la venganza y finalmente a amar incluso a los enemigos. Es un retrato de una vida que refleja el carácter del Padre en cada relación y en cada intención.
En este estudio continuaremos con el Sermon del Monte, con una enseñanza sobre dar a los necesitados y cómo orar. Así comienza este estudio con el actitud que debemos tener al dar limosnas.
No hagan algo bueno ante la gente sólo para que los demás los vean
Mateo 6:1-4: »Cuidado con lo que hacen. No hagan algo bueno ante la gente sólo para que los demás los vean pues así no recibirán ninguna recompensa de su Padre que está en el cielo.
»Cuando des algo a los pobres, no llames la atención de todo el mundo como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles. Lo hacen para que los demás hablen bien de ellos. Les digo la verdad: con eso, ellos ya tienen su recompensa. Cuando le des algo a un necesitado, no se lo digas ni siquiera a tu mejor amigo. Lo que hagas debe ser un secreto. Así recibirás recompensa de tu Padre que está en el cielo, porque él ve todo lo que se hace en secreto.
Recibirás recompensa de tu Padre
Jesús no enseña un sistema de “dar para recibir”, sino una corrección a la postura con que se da. Cuando Jesús dice que el Padre “ve en secreto y recompensa”, no está prometiendo una recompensa material ni un retorno económico; está hablando de la recompensa espiritual que proviene de la comunión con Dios y de la pureza de intención. El énfasis está en el motivo, no en el resultado.
En el contexto del Sermón del Monte, Jesús está contrastando la práctica de los fariseos, que daban limosna públicamente para ganar prestigio, con el acto humilde de quien da por amor. La “recompensa” es la aprobación del Padre, no prosperidad terrenal.
La teología moderna que convierte el dar en una transacción —“si das, Dios te dará más”— distorsiona este principio. Jesús no está enseñando un mecanismo de intercambio, sino una ética del corazón: dar sin buscar reconocimiento ni beneficio. El Nuevo Testamento nunca presenta el diezmo como un pecado a no darlo, sino como una expresión voluntaria de gratitud y confianza. Pablo, por ejemplo, habla de dar “según lo que uno haya decidido en su corazón, no por obligación ni por tristeza” (2 Corintios 9:7). El sistema de “dar para recibir” convierte la generosidad en una fórmula de prosperidad, cuando en realidad Jesús la define como un acto de amor silencioso que refleja el carácter del Padre.
Así continúa el sermón con la enseñanza de Jesús sobre cómo orar.
Jesús enseña a orar
Mateo 6: 5-8: »Cuando oren, no sean como los hipócritas, que les gusta pararse en las sinagogas y en las esquinas de las calles a orar en voz alta para que los vean. Les digo la verdad: ellos ya han recibido su recompensa. Pero tú cuando ores, entra a tu cuarto, cierra la puerta y habla con tu Padre. Así recibirás recompensa de tu Padre, porque él ve todo lo que se hace en secreto.
»Cuando oren, no alarguen demasiado su oración. No hagan como los que no conocen a Dios, que creen que porque hablan mucho Dios tendrá que hacerles caso. No sean como ellos, porque su Padre sabe lo que ustedes necesitan, incluso antes de que se lo pidan.
Entra a tu cuarto, cierra la puerta y habla con tu Padre
Cuando Jesús dice “entra a tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre”, no está estableciendo una regla arquitectónica, sino una actitud espiritual. El “cuarto” representa el espacio interior donde el alma se encuentra a solas con Dios, sin espectadores ni pretensiones. Puede ser un lugar físico —un rincón tranquilo, un jardín, una habitación—, pero lo esencial es el espíritu de privacidad y sinceridad. El cuarto tampoco tiene que ser físico; puedes estar en público y orar en silencio.
Jesús está contrastando la oración auténtica con la oración pública que busca aprobación humana. No prohíbe orar en voz alto en público (Él mismo lo hizo), pero enseña que la oración más profunda nace en lo secreto, donde no hay aplausos ni máscaras. Es preferible orar en privado cuando lo que buscas es intimidad con Dios, no reconocimiento. La oración pública tiene su lugar —para edificación y unidad—, pero la oración secreta es donde el alma se desnuda ante el Padre y recibe la recompensa que ninguna respuesta material puede igualar: Su presencia.
Jesús intencionalmente usa “recompensa” en lugar de “respuesta” porque está hablando de algo más grande que obtener lo que pedimos. La “recompensa” es la presencia del Padre mismo, la comunión que se forma cuando oramos con un corazón sincero. No es una transacción (“oro para que me dé”), sino una transformación (“oro para estar con Él”). En otras palabras, la recompensa no es lo que recibes, sino quién te escucha.
Jesús no está enseñando que no oremos por mucho tiempo; él mismo oraba toda la noche (Lucas 6:12). Lo que Jesús está corrigiendo es la costumbre de los paganos de repetir palabras sin sentido, como si la cantidad de palabras obligara a los dioses a responder. Era una oración mecánica, sin corazón, sin relación. Jesús está diciendo: No piensen que Dios responde porque ustedes hablan mucho. Dios responde porque Él es el Padre.
Si Dios ya lo sabe, ¿para qué pedir?
Mateo 6:8 toca directamente la tensión entre la soberanía de Dios y la práctica de pedir en oración. Pero Jesús no está anulando la petición; está corrigiendo la manera en que se pide.
Cuando Jesús dice que el Padre sabe lo que necesitamos antes de pedírselo, no está diciendo que pedir sea innecesario, sino que pedir no es un mecanismo para informarle a Dios. La oración no existe porque Dios ignora algo; existe porque nosotros necesitamos entrar en relación con Él. Pedir no es transmitir datos, es abrir el corazón. Jesús está corrigiendo la idea pagana de que la oración funciona por insistencia mecánica, por repetir palabras, por convencer a un dios distraído. El Padre no necesita ser convencido, ni despertado, ni persuadido. Él ya sabe. Pero nosotros necesitamos acudir a Él.
Entonces, ¿qué debemos pedir? Jesús mismo lo muestra en el Padre Nuestro: pedir lo que alinea el corazón con el Reino. Pedir que su nombre sea honrado, que su voluntad se cumpla, que su reino avance, que Él provea lo necesario para hoy, que perdone y nos enseñe a perdonar, que nos guarde del mal. Pedimos porque la petición nos forma, nos humilla, nos recuerda que dependemos de Él. Pedimos porque la oración transforma al que ora, no al que escucha. Pedimos porque el acto de pedir abre el alma a la presencia del Padre, que es la verdadera recompensa.
Debemos pedir cosas específicas, pero no porque Dios las desconozca, sino porque la petición nos une a Él. La oración no es para informar a Dios; es para transformar al hijo.
Así continuamos el Sermón del Monte con el modelo de cómo orar: el Padre Nuestro.
Padre Nuestro
Mateo 6:9-15: Ustedes deben orar así:
»“Padre nuestro que estás en los cielos, que siempre se dé honra a tu santo nombre. Venga tu reino. Que se haga tu voluntad en la tierra como se hace en el cielo. Danos hoy los alimentos que necesitamos cada día, y perdona nuestros pecados como nosotros también perdonamos a los que nos han hecho mal. No nos dejes caer en tentación, y líbranos del maligno”.
»Porque si ustedes perdonan a los demás el mal que les hagan, su Padre que está en el cielo también los perdonará a ustedes. Pero si ustedes no los perdonan, su Padre tampoco los perdonará a ustedes.
Un modelo de oración
Cuando Jesús enseñó el Padre Nuestro, no estaba dando una oración para repetir mecánicamente, sino un modelo que forma el corazón del que ora. Él acababa de advertir contra las repeticiones vacías, así que sería contradictorio que inmediatamente después diera una oración destinada a ser recitada sin pensar. Lo que Jesús ofrece es una estructura espiritual: comenzar reconociendo a Dios como Padre, honrar su nombre, desear su voluntad, depender de Él para lo necesario, pedir perdón y ofrecerlo, y buscar protección del mal. Cada frase es un principio que guía la relación con Dios, no una fórmula rígida.
La iglesia inicial lo entendió así: lo recitaban, sí, pero como una guía que moldeaba la vida interior, no como un ritual obligatorio. Repetir el Padre Nuestro puede ser hermoso cuando nace del corazón, pero pierde su propósito cuando se convierte en una rutina sin alma. Jesús no buscaba que sus discípulos cumplieran una oración, sino que aprendieran a orar con adoración, humildad, dependencia, perdón y confianza.
¿En el cielo o con nosotros?
La Biblia dice que Dios está en el cielo para expresar su autoridad, su trono y su majestad, pero también afirma que está con nosotros para revelar su presencia cercana, su compañía y su cuidado. No se trata de dos lugares físicos, sino de dos maneras de describir quién es Él: “el cielo” señala su soberanía por encima de toda la creación, mientras que “con nosotros” señala su cercanía como Padre. Dios no ocupa espacio como nosotros ni se desplaza de un lugar a otro; siendo espíritu e infinito, reina desde el cielo y a la vez llena nuestra vida con su presencia.
Venga tu Reino
Cuando Jesús dice “venga tu Reino”, está hablando de algo mucho más profundo que un lugar o un futuro lejano; es el deseo de que la autoridad, la voluntad y la presencia de Dios se hagan reales aquí y ahora, en la vida de quienes lo siguen. El Reino de Dios llega cuando su voluntad se cumple en la tierra como se cumple en el cielo, cuando su justicia reemplaza la nuestra, cuando su carácter transforma el corazón, cuando su paz gobierna donde antes había caos, cuando su amor dirige nuestras decisiones, y cuando su autoridad se reconoce en lo íntimo y en lo público. No es pedir que Dios nos lleve al cielo, sino pedir que el cielo invada nuestra vida. Es decirle: “Reina en mí, gobierna mis deseos, dirige mis pasos, transforma mi carácter, que tu forma de ver el mundo sea mi forma de vivir”. Pedir que venga el Reino es abrirle la puerta a Dios para que Él sea Rey en cada rincón de nuestra vida.
No nos dejes caer en tentación
Esto no significa que Dios nos mantenga lejos de toda tentación, sino que Él no permitirá que la tentación nos arrastre, nos venza o nos destruya. La Biblia es clara en que la tentación sigue existiendo —Jesús mismo fue tentado, y todos los creyentes la enfrentan— pero también enseña que Dios nunca permite una tentación sin salida. Cuando pedimos “no nos dejes caer en tentación”, no estamos pidiendo que Dios elimine toda tentación, sino que nos sostenga para no caer, que nos dé claridad para reconocerla, fuerza para resistirla y escape cuando se vuelve intensa. Es una oración de dependencia, no de aislamiento: reconocemos que sin Él somos vulnerables, y con Él podemos permanecer firmes. La tentación puede venir, pero la caída no tiene por qué llegar cuando el Padre está presente y activo en nuestra vida.
Pero si ustedes no los perdonan, su Padre tampoco los perdonará a ustedes
Este versículo no funciona como una condición mecánica donde Dios retiene su perdón hasta que la persona logre perdonar “por completo”. Jesús está describiendo la incompatibilidad espiritual entre recibir la gracia y negarla al mismo tiempo. Dios no exige perfección instantánea en el perdón, sino un corazón abierto al proceso. Una persona que está luchando sinceramente por perdonar —aunque todavía sienta dolor, resistencia o emociones mezcladas— ya está caminando en la dirección del Reino, y ese corazón dispuesto sí puede recibir el perdón de Dios.
Lo que Jesús confronta es el corazón que se niega a perdonar, que se aferra al resentimiento como postura, que rechaza la misericordia para otros mientras espera recibirla para sí. La falta de perdón total no bloquea el perdón de Dios; lo bloquea la falta de disposición. Dios acompaña el proceso, sana, suaviza, y guía, y su perdón no depende de que ya hayas terminado de perdonar, sino de que no cierres tu corazón a la misericordia que Él quiere formar en ti.
Perdonar no es condonar
Vale la pena mencionar la diferencia entre perdonar y condonar.
Perdonar significa renunciar al resentimiento hacia alguien que te hizo daño; implica soltar la amargura, dejar de desear venganza y permitir que el corazón sane, aun cuando el acto cometido siga siendo moralmente incorrecto. Perdonar no borra el hecho, no lo justifica y no elimina las consecuencias naturales del daño; simplemente libera al corazón del peso del rencor.
Condonar significa eximir a alguien de responsabilidad, como si el acto no hubiera sido malo o no mereciera consecuencias; es tratar la ofensa como aceptable, minimizarla o dejarla sin corrección. Condonar implica justificar o tolerar el comportamiento cuando justificar o tolerar no sea sano.
Muchas personas usan la palabra “perdonar” con la definición de “condonar”; creen que perdonar significa aprobar lo que pasó, olvidar el daño, dejar de poner límites o permitir que la conducta continúe. Esa confusión hace que el perdón parezca injusto o imposible. Pero en realidad, perdonar es un acto interior de libertad, mientras que condonar es una distorsión que niega la gravedad del daño.
Aplicación
1. Jesús enseña que la verdadera justicia se vive en secreto, sin buscar aprobación humana. ¿En qué áreas de tu vida espiritual notas la tentación de hacer lo correcto para ser vista, y cómo te invita Dios a practicar una fe más silenciosa y auténtica?
2. En la oración, Jesús enfatiza la intimidad con el Padre y la sinceridad del corazón. ¿Qué parte de tu vida necesita entrar más al “cuarto secreto”, lejos de distracciones, para que tu relación con Dios sea más honesta y menos mecánica?
3. El perdón ocupa un lugar central en esta sección. ¿Qué herida o relación te está mostrando Dios para que abras el corazón al proceso de perdonar, aun si todavía no has llegado al perdón completo?

