Jesús sana a un paralítico en el estanque de Betzatá
En lugar de agradecer y creer, delató a Jesús
Vamos a comenzar un nuevo estudio en el segundo año del ministerio de Jesús. En los estudios anteriores, que cubren el primer año de su ministerio, Jesús se reveló como el Mesías a la mujer samaritana y sanó a varias personas, incluyendo a un endemoniado, a un leproso y a un paralítico. En este nuevo estudio, es sábado, el día de descanso, y Jesús vuelve a sanar a un paralítico. Así comienza la historia: con una fiesta, un estanque y multitudes aferradas a una esperanza equivocada.
Un estanque y muchos enfermos
Juan 5:1-3: Después de esto, había una fiesta judía y Jesús fue a Jerusalén. Allí había un estanque con cinco pabellones que quedaba cerca de la puerta de las ovejas. En arameo se llama Betzatá. Debajo de estos pabellones había muchos enfermos acostados. Unos eran ciegos, algunos cojos y otros paralíticos.
Unos eran ciegos, algunos cojos y otros paralíticos
Alrededor del estanque el olor debió ser muy fuerte, porque allí se reunían decenas —quizá cientos— de personas enfermas, muchas de ellas con condiciones crónicas que afectaban la piel, la movilidad, la higiene y la capacidad de cuidarse. Los pórticos eran espacios públicos abiertos, sin drenaje moderno, sin baños, sin agua corriente para lavarse. Los enfermos pasaban largas horas —a veces días enteros— esperando que el agua se agitara.
En un ambiente así, el olor habría sido una mezcla de sudor, heridas sin tratar, infecciones, vendajes sucios, humedad estancada y cuerpos debilitados que no podían asearse con regularidad. No era un lugar limpio ni ordenado; era un lugar de sufrimiento acumulado, donde la pobreza, la enfermedad y la esperanza desesperada se mezclaban en el aire.
Excluidos del templo
Los enfermos alrededor del estanque estaban excluidos de gran parte de la vida religiosa del templo, aunque no necesariamente por una prohibición formal, sino por una combinación de pobreza, abandono y limitaciones físicas.
Muchos de ellos no podían participar en los sacrificios porque simplemente no tenían dinero para comprar un animal. La pobreza extrema era común entre los enfermos crónicos, especialmente entre quienes no podían trabajar. Además, muchos no tenían familiares o amigos que los acompañaran, los llevaran al templo o los ayudaran a cumplir los requisitos rituales. En el mundo antiguo, la vida religiosa dependía mucho de la comunidad; si no tenía a nadie, estaba prácticamente condenado a ahogarse en su pecado sin poder obedecer la Ley.
También había un aspecto social: los enfermos visibles —cojos, paralíticos, personas con enfermedades de la piel o condiciones crónicas— eran vistos como “impuros” o “malditos” por muchos en la cultura popular, aunque la Ley no siempre los clasificara así. Esa percepción hacía que la gente los evitara, y que ellos mismos se sintieran indignos o incapaces de acercarse al templo.
El estanque se convierte así en un símbolo de exclusión: personas que no pueden entrar al templo, que no pueden ofrecer sacrificios, que no pueden participar plenamente en la vida religiosa, aferradas a una esperanza frágil.
La historia del estanque de Betzatá
El estanque Betzatá (o Betesda, según los manuscritos) era un complejo de dos piscinas grandes rodeadas por cinco pórticos, exactamente como lo describe Juan. Era un estanque con dos grandes depósitos separados por un muro central, lo que explica perfectamente los “cinco pabellones”: cuatro alrededor del perímetro y uno sobre la división interna. “Betzatá”, probablemente significa “casa de la misericordia” o “casa del derramamiento”, lo cual encaja con la tradición popular de que el agua del estanque tenía propiedades curativas.
El estanque de Betzatá cerca de la Puerta de las Ovejas no era considerado pagano. De hecho, era un sitio muy concurrido por judíos enfermos que buscaban alivio, y estaba ubicado cerca del Templo.
Los eruditos explican que el estanque tenía una historia compleja: originalmente pudo haber sido parte de un santuario curativo con asociaciones helenísticas. Sin embargo, para el siglo I cuando esta historia ocurrió, ya estaba integrado en la vida cotidiana judía y no era visto como un lugar idolátrico. Los judíos no lo evitaban; al contrario, acudían allí esperando un milagro, siguiendo una creencia popular de que el agua tenía propiedades curativas cuando se agitaba.
Esos pórticos eran espacios públicos, abiertos, diseñados para dar sombra y permitir que los enfermos se recostaran mientras esperaban el movimiento del agua. Eran como corredores techados alrededor de las piscinas, no viviendas. La gente iba allí durante el día —y algunos enfermos podían quedarse largas horas o incluso noches— pero no era un lugar residencial. Era un sitio de espera, no un refugio permanente.
El estanque no sanaba y no tenía ningún poder
Los eruditos explican que el estanque no sanaba y no tenía ningún poder. La gente acudía al estanque por una combinación de creencias populares, observaciones naturales y la profunda desesperación de quienes buscaban alivio. Siglos antes el lugar pudo haber tenido asociaciones con prácticas curativas helenísticas. Las prácticas curativas helenísticas provienen del mundo grecorromano, especialmente de los santuarios dedicados a Asclepio, el dios de la medicina. No significa que Betzatá fuera un templo pagano en tiempos de Jesús, sino que siglos antes pudo haber tenido funciones similares, y esa memoria cultural habría influido en la creencia popular de que sus aguas sanaban.
En el mundo helenístico, la gente acudía a los santuarios del dios Asclepio buscando sanidad física y emocional. La idea central era que Asclepio actuaba a través del agua, del sueño o del contacto con el lugar. Estos lugares solían tener piscinas, fuentes o aguas consideradas especiales; los enfermos participaban en rituales que mezclaban medicina rudimentaria, observación natural y prácticas religiosas. Dormían en los pórticos del santuario esperando recibir un sueño revelador, se bañaban en aguas que creían purificadoras, ofrecían sacrificios y seguían instrucciones que combinaban remedios naturales con elementos espirituales.
La tradición de “aguas que sanan” pudo haber sobrevivido en la memoria popular. Por eso, cuando el agua se agitaba —probablemente por un sistema hidráulico subterráneo— la gente interpretaba ese movimiento como una señal divina, muy parecido a cómo los antiguos griegos interpretaban los fenómenos naturales en los santuarios de Asclepio.
Con el tiempo surgió la creencia de que solo el primero que entraba recibía la sanidad, una mezcla de tradición oral, competencia entre enfermos y la esperanza de que un acto rápido y decisivo pudiera atraer la bendición. Esa creencia se volvió parte del imaginario colectivo.
La desesperación de los enfermos
La gente seguía acudiendo al estanque —aunque el agua no tuviera poder real—no por ignorancia, sino por esperanza, mezclada con tradición, sufrimiento y falta de alternativas. En el mundo antiguo muchas enfermedades crónicas simplemente no tenían tratamiento. Betzatá funcionaba como un lugar donde los enfermos buscaban cualquier posibilidad de alivio.
Cuando alguien escuchaba que “a veces” alguien sanaba al entrar al agua, esa historia se convertía en una chispa de esperanza para quienes no tenían ninguna otra opción. No iban porque el agua funcionara, sino porque la desesperación hace que incluso una posibilidad mínima parezca un milagro en potencia.
Juan presenta esta escena para contrastar la impotencia de un sistema basado en superstición con la autoridad de Jesús, quien sana sin necesidad de agua, ni rituales, mostrando que la verdadera vida no proviene del estanque sino de Él. Por eso Jesús escoge ese lugar: es el símbolo perfecto de la esperanza humana que nunca llega, frente al poder real que Él trae sin condiciones, sin competencia y sin superstición.
Así continúa la historia con el tercer milagro público del ministerio de Jesús.
¿Te quieres sanar?
Juan 5:5-9:Entre ellos estaba un hombre que había estado enfermo durante 38 años. Cuando Jesús lo vio acostado ahí y supo que había estado enfermo tanto tiempo, le dijo:
—¿Te quieres sanar?
El enfermo respondió:
—Señor, no tengo a nadie que me meta al estanque cuando el agua se empieza a mover. Cuando estoy cerca del estanque, alguien se me adelanta y se mete antes que yo.
Jesús le dijo:
—Levántate, recoge tu camilla y camina.
El hombre quedó sano inmediatamente, tomó su camilla y empezó a caminar…
Levántate, recoge tu camilla y camina
Jesús entra en un espacio que muchos evitaban, un espacio cargado de dolor, mal olor, y abandono, y se acerca directamente a uno de los más olvidados. El texto no especifica exactamente qué enfermedad tenía el hombre, pero sí da dos datos muy importantes: estaba incapacitado para caminar y llevaba 38 años en esa condición. No era una enfermedad pasajera, sino una discapacidad crónica que lo había dejado sin movilidad y sin independencia. No sabemos si nació así o si la condición comenzó en algún momento de su vida adulta, pero llevaba casi cuatro décadas atrapado en una situación sin esperanza.
Su problema no era solo físico; estaba solo en el mundo y desesperado. Dependía de otros para moverse, y como no tenía a nadie, nunca logró llegar al agua a tiempo. Jesús lo encuentra en ese estado de abandono y lo sana con una palabra, mostrando que su autoridad no depende de rituales ni de la fuerza del enfermo, sino de Su compasión y poder.
Oye, ¿te quieres sanar?
Jesús le pregunta al hombre si quiere sanar; su intención no es obtener información, sino revelar algo más profundo sobre la condición del enfermo y sobre la naturaleza del milagro. Aunque el hombre estaba junto al estanque, eso no significaba automáticamente que tuviera un deseo vivo, consciente y decidido de cambiar. Después de 38 años en la misma situación, su identidad, su rutina y su manera de sobrevivir estaban completamente ligadas a su enfermedad. Jesús lo trata como una persona con voluntad, y por eso le hace una pregunta que toca su interior.
La respuesta del hombre muestra que no piensa en términos de deseo o fe, sino de frustración y derrota; no dice “sí, quiero sanar”, sino que explica por qué no puede llegar al agua. Esa respuesta revela que su esperanza estaba puesta en un sistema que nunca le había funcionado, no en Dios. La pregunta de Jesús sirve para desplazar su mirada del estanque hacia Él, para mostrar que la verdadera sanidad no depende de rituales ni de competencia.
No sabemos si este hombre creyera en Dios, pero su esperanza estaba puesta casi por completo en el poder misterioso del estanque. Su mente estaba atrapada en la creencia popular de que el movimiento del estanque podía darle la sanidad que buscaba. No da ninguna expresión de confianza en Dios, ni antes ni después del milagro. De hecho, cuando Jesús lo sana, el hombre ni siquiera sabe quién lo hizo, y más tarde lo denuncia ante las autoridades sin mostrar gratitud.
Los eruditos concluyen que este hombre no era un ejemplo de fe, sino un ejemplo de desesperación humana aferrada a supersticiones, al que Jesús sana por pura misericordia, no por su fe. Juan muestra que la fe del hombre no fue la causa de su sanidad; Jesús lo sana a pesar de su falta de fe, no gracias a ella.
¿Levantarse requería fe?
El texto dice que el hombre quedó sano “inmediatamente”, lo que implica que su cuerpo cambió antes de que él hiciera cualquier esfuerzo. Jesús no le pidió creer, no le pidió intentarlo, no le pidió fe previa. Simplemente le dijo: “Levántate, recoge tu camilla y camina”, y en ese momento su cuerpo recibió fuerza, estabilidad y movilidad que no tenía desde hacía 38 años.
El hombre no se levantó “por fe”, sino porque ya estaba sanado. Su acción fue una respuesta física a un milagro ya realizado, no un acto espiritual de confianza. Los eruditos señalan que si el hombre hubiera tenido que “creer para levantarse”, Juan lo habría destacado, como hace en otros milagros. Lo que él siente primero no es fe, sino poder: su cuerpo responde de una manera que no había respondido en muchos años.
Así continúa la historia con la reacción legalista de los judíos al ver el hombre sanado.
Hoy es día de descanso, no se puede cargar una camilla
Juan 5:9-13:…Esto fue en un día de descanso.Por eso, algunos judíos empezaron a decirle al hombre que había sido sanado:
—Hoy es día de descanso, no se puede cargar una camilla.
Él les dijo:
—El que me sanó me dijo: “Recoge tu camilla y camina”.
Ellos le preguntaron:
—¿Quién fue el que te dijo: “Recoge tu camilla y camina”?
Pero el hombre que fue sanado no sabía quién era, porque Jesús había desaparecido entre la multitud.
Obedecer la Ley los atrapaba
La reacción de los judíos es fría, casi inhumana. Cuando entendemos su voluntad y los deseos, su historia y su relación con la Ley, la escena cobra un sentido trágico.
Los judíos que confrontan al hombre no están felices por él; para ellos, la observancia del sábado era más importante que la compasión. No lo regañan porque sean crueles por naturaleza, sino porque estaban atrapados en una forma de religiosidad donde la obediencia externa se había vuelto el centro de su identidad.
Después del exilio en Babilonia, los líderes judíos desarrollaron reglas estrictas para evitar que el pueblo volviera a desobedecer a Dios, y el sábado se convirtió en un símbolo nacional de fidelidad. Con el tiempo, esas reglas crecieron tanto que la gente temía violarlas, y cargar una camilla —aunque fuera por haber sido sanado milagrosamente— se consideraba una transgresión grave.
Por eso no celebran el milagro: están tan enfocados en proteger la Ley que no pueden ver la misericordia de Dios delante de ellos. Para ellos, el hombre no es un testimonio de la gracia de Dios, sino una amenaza al orden religioso que han construido. Jesús restaura la vida, pero los religiosos solo ven una regla rota. Es una escena que expone cómo la religión sin amor puede volverse ciega incluso ante un milagro.
Le echa la culpa a Jesús
El hombre conocía la ley del sábado. Sabía que cargar una camilla podía ser interpretado como trabajo, pero cuando los judíos lo confrontan, él siente que está en problemas. En lugar de defender el milagro, o de decir “Dios me sanó”, se protege a sí mismo echando la culpa a quien le dio la orden. No lo hace por maldad, sino por temor. Durante 38 años había vivido como un marginado, sin poder, sin voz, sin dignidad. Su reflejo natural es obedecer a la autoridad más fuerte del momento. Primero obedece a Jesús porque siente el poder en su cuerpo. Luego obedece a los líderes porque teme sus consecuencias. No actúa desde la fe, sino desde la supervivencia.
Los eruditos señalan que este hombre es casi lo opuesto a otros sanados en los evangelios: no busca a Jesús, no expresa fe, no agradece, no defiende a su sanador. Su vida entera había estado marcada por impotencia y dependencia, y su reacción refleja esa historia. Y cuando lo confrontan, él hace lo que siempre ha hecho: protegerse, incluso si eso significa señalar a quien lo ayudó. Pero muestra algo hermoso: la gracia de Jesús alcanza incluso a quienes no saben cómo responderle.
Jesús se había desaparecido
La ausencia de Jesús en ese momento no es un descuido ni un misterio. Jesús no se queda por tres razones que los eruditos destacan, y todas revelan algo sobre su misión y sobre el corazón del hombre que fue sanado.
Primero, Jesús se retira porque no busca protagonismo ni aplausos. Él no hace milagros para crear un espectáculo ni para ganar seguidores por emoción. Sana al hombre y se aparta, dejando que la obra hable por sí misma. Jesús actúa con autoridad, pero también con humildad y propósito.
Segundo, Jesús desaparece porque el lugar estaba lleno de gente, y un milagro así habría provocado una reacción masiva. Él no quiere que la multitud lo convierta en un sanador popular o en un líder político. Su misión no es complacer expectativas humanas, sino revelar quién es Él en el tiempo y la forma que el Padre determina.
Tercero, Jesús se aparta porque el hombre no estaba listo para reconocerlo. No había fe en él, ni búsqueda espiritual, ni deseo de conocer a Dios. Jesús lo sana, pero no se queda a explicarle nada. Más tarde, cuando lo encuentra en el templo, entonces sí se presenta y le habla directamente, pero solo después de que el hombre ha experimentado la sanidad y ha tenido tiempo de reflexionar.
La escena revela algo muy humano: Jesús está cerca, actúa, transforma… pero no siempre se queda a la vista. A veces deja espacio para que la persona procese, piense, o incluso revele lo que hay en su corazón. En este caso, el hombre revela miedo, confusión y dependencia de los líderes religiosos. Y aun así, Jesús lo busca de nuevo más tarde.
Así continúa el desenlace de la historia con un segundo encuentro y la reacción malvada de la multitud.
Jesús lo encontró en el área del templo
Juan 5:14-18: Después, Jesús lo encontró en el área del templo y le dijo:
—Mira, estás sano. Así que no peques más o te pasará algo peor.
El hombre fue y les contó a esos judíos que Jesús lo había sanado.
Por eso ellos comenzaron a perseguir a Jesús, por hacer esto en día de descanso. Pero Jesús les contestaba:
—Mi Padre nunca deja de trabajar, así que yo también trabajo.
Por esto, los judíos trataban con más ganas de matarlo. No les caía bien porque no cumplía con las reglas del día de descanso. Mucho menos les gustaba que Jesús llamara a Dios su Padre, haciéndose igual a Dios.
No peques más o te pasará algo peor
Jesús busca al hombre en el área del templo porque allí se revela lo que realmente está en juego: no solo su cuerpo, sino su alma. El hombre ya está sano físicamente, pero Jesús sabe que su interior sigue vulnerable, confundido y espiritualmente expuesto. Por eso lo encuentra en un lugar sagrado y le habla con una seriedad que no usó antes.
Jesús le dice: “Mira, estás sano. Así que no peques más, o te pasará algo peor” porque quiere que el hombre entienda que la sanidad física no es el final de su historia, sino el comienzo de una responsabilidad espiritual. No está diciendo que su enfermedad fue causada directamente por un pecado específico, sino que hay una realidad más grave que una parálisis de 38 años: la separación de Dios. Lo “peor” no es otra enfermedad, sino una vida alejada de la verdad, de Él, en el infierno para siempre.
Jesús también sabe que el hombre está rodeado de líderes religiosos que lo presionan, que lo intimidan y que lo usan como herramienta para atacar a Jesús. El hombre ya mostró miedo cuando lo acusaron por cargar su camilla, y lo volvió a mostrar cuando delató a Jesús sin comprender quién era Él. Jesús lo encuentra en el templo para advertirle con amor, pero con firmeza, que no vuelva a caer en la misma pasividad espiritual que lo ha marcado toda su vida.
Es como si le dijera: “Ya no eres el hombre paralizado que vivía dependiendo de otros. Ahora puedes caminar. Ahora puedes elegir a Dios. No vuelvas a vivir como si siguieras atado”. Este encuentro en el templo muestra que Jesús no solo restaura cuerpos; restaura destinos. Sana lo visible, pero también confronta lo invisible.
Jesús no le dice “no peques más” para que se gane la salvación. La advertencia no es un requisito, sino una invitación y una protección. La gracia llegó primero. El “no peques más” viene después, no antes. Eso significa que Jesús no está diciendo: “Si te portas bien, te salvarás”, sino: “Ya recibiste misericordia; ahora vive de una manera que no te destruya otra vez”.
Jesús le está diciendo: “No vuelvas a caminar como si siguieras paralizado”. Jesús no le pide dejar de pecar para ser salvo; le pide dejar de pecar porque ya fue alcanzado por la gracia. La advertencia es amorosa, no legalista.
El hombre delata a Jesús una segunda vez
El hombre sanado delata a Jesús por segunda vez porque sigue actuando desde el mismo lugar interior que lo ha marcado por muchos años: miedo, dependencia y falta de discernimiento espiritual.
Durante 38 años, este hombre ha sobrevivido dependiendo de otros, obedeciendo voces más fuertes que la suya, adaptándose para no meterse en problemas. Cuando los líderes religiosos lo confrontan, él siente que está en peligro. Su reacción automática es protegerse, incluso si eso significa señalar a quien lo ayudó. Es un reflejo aprendido por décadas de vulnerabilidad. Jesús lo sanó físicamente, pero su interior todavía está frágil.
Además, el hombre no entiende quién es Jesús. No lo reconoce como Mesías, no muestra fe, no expresa gratitud. Para él, Jesús es simplemente “el hombre que lo sanó”, no el Señor. Cuando Jesús lo encuentra en el templo y le habla con autoridad, el hombre recibe la advertencia, pero no la comprende en su profundidad. Su mente sigue atrapada en la lógica del temor y la obediencia a los religiosos, quienes, para el hombre sanado, representan poder, tradición y control social. Cuando les dice quién lo sanó, él quiere quedar bien con ellos, porque quiere evitar problemas, porque no sabe cómo resistir.
También hay un detalle importante: el hombre parece pensar que está haciendo lo correcto. En su voluntad y los deseos, informar a las autoridades religiosas sobre quién le dijo que cargara su camilla podría verse como un acto de obediencia religiosa. No entiende que está participando en un conflicto espiritual mucho más grande. No ve que está entregando a Jesús a quienes ya lo están persiguiendo. Su falta de discernimiento lo convierte en un instrumento involuntario de los enemigos de Jesús.
Mucho menos les gustaba que Jesús llamara a Dios su Padre
Para los judíos del siglo I, que Jesús llamara a Dios “mi Padre” no era una frase bonita ni una expresión espiritual genérica. Era una afirmación explosiva, cargada de implicaciones teológicas que ellos entendían de inmediato. Cuando Jesús usa esa expresión, no está hablando como un creyente piadoso más; está reclamando una relación única, exclusiva y divina con Dios. Por eso reaccionan con tanta fuerza.
En la mentalidad judía, todos podían llamar a Dios “nuestro Padre” en un sentido colectivo, como nación escogida. Pero decir “mi Padre” en singular, de manera personal y directa, implicaba igualdad de naturaleza, autoridad y misión. Era colocarse en un nivel que ningún profeta, rey o maestro se había atrevido a reclamar. Para ellos, Jesús estaba diciendo que compartía la misma esencia que Dios, que actuaba con Su autoridad y que tenía derecho a hacer obras divinas incluso en sábado. Por eso los judíos “procuraban matarlo”, no solo porque violaba su interpretación del sábado, sino porque al llamar a Dios su Padre, se hacía igual a Dios.
Jesús no estaba usando un lenguaje simbólico. Estaba revelando su identidad divina de una manera que los líderes religiosos entendieron perfectamente. Para ellos, esa afirmación era blasfemia; para Jesús, era la verdad sobre quién es Él desde la eternidad.
Aplicación
1. ¿Qué áreas de tu vida se parecen a ese estanque, donde has esperado por años una solución que nunca llega, y cómo cambia tu perspectiva saber que Jesús se acerca a esos lugares antes que a cualquier otro?
2. Cuando Jesús te pregunta “¿Quieres ser sano?”, qué frustraciones, excusas o miedos salen primero de tu corazón, y qué revelan sobre dónde has puesto tu esperanza hasta ahora?
3. Jesús le dice al hombre que no peque más después de haberlo sanado por pura gracia. ¿Qué significa para ti vivir desde la gracia recibida, en lugar de vivir desde el miedo, la culpa o la presión religiosa?

