Jesús resucita a la hija de Jairo y sana a una mujer
Jesús es la fuente de sanidad
En el estudio anterior, después de calmar una tormenta feroz que comenzó de repente en el mar de Galilea, Jesús sanó a un hombre endemoniado y la gente le pidió que se fuera. En este estudio, resucitará a la hija de Jairo, uno de los dirigentes de la sinagoga, y sanará a una mujer que padecía un flujo de sangre desde hacía doce años.
Así comienza la historia, con Jairo rogándole a Jesús que viniera y sanara a su hijita.
Jairo se arrodilló y le rogaba
Marcos 5:21-24: Cuando Jesús volvió a la otra orilla del lago en la barca, mucha gente se reunió junto a él a la orilla del lago. Llegó uno de los dirigentes de la sinagoga que se llamaba Jairo. Cuando vio a Jesús, se arrodilló ante él y le rogaba mucho:
—Mi hijita está a punto de morir. Te pido que vengas y coloques tu mano sobre ella para que se mejore y siga con vida.
Jesús se fue con él y mucha gente lo siguió. La gente apretujaba a Jesús por todos lados.
Mi hijita está a punto de morir
Ya era algo normal que una multitud esperara a Jesús. Después de los milagros en Capernaúm, la sanación del paralítico, y las enseñanzas tan radicales a lo que jamás habían escuchado, la fama de Jesús se había extendido por toda Galilea y las regiones vecinas. La gente lo buscaba constantemente; cada vez que regresaba de un viaje o cruzaba el mar, las multitudes se reunían en la orilla antes de que desembarcara.
No todos lo buscaban por las mismas razones. Algunos querían oírlo enseñar porque sus palabras tenían autoridad y revelaban a Dios de una manera que los maestros de la Ley no podían. Otros lo buscaban por necesidad: enfermos, padres desesperados, personas oprimidas, todos esperando una sanación. Y también había quienes lo seguían por curiosidad o por interés material, porque habían visto milagros y esperaban más. Jesús atraía multitudes, pero no todas estaban dispuestas a seguirlo como discípulos; muchos querían los beneficios del Reino sin aceptar el llamado al cambio.
¿Quién era Jairo?
Lo que sabemos de Jairo —revelado en la historia— explica por qué un dirigente de la sinagoga, perteneciente a un sistema que en general desconfiaba de Jesús, terminó arrodillado a sus pies suplicando por su hija.
Jairo era uno de los principales de la sinagoga en Cafarnaúm, un cargo de enorme respeto social y religioso. Él organizaba el culto, guardaba los rollos, supervisaba la lectura de la Ley y era una figura pública conocida en la comunidad. Normalmente, hombres en esa posición miraban a Jesús con sospecha o incluso con hostilidad, porque Jesús enseñaba con autoridad y corregía interpretaciones de la Ley. Sin embargo, Jairo no actuó como la mayoría. Era un hombre de fe y humildad, capaz de reconocer la autoridad de Jesús aun cuando eso significaba arriesgar su reputación.
También es probable que Jairo ya conociera a Jesús antes de este encuentro. Cafarnaúm era la base del ministerio de Jesús, y allí había realizado varios milagros y enseñado repetidamente. Algunos comentaristas incluso sugieren que Jairo pudo haber estado entre los líderes que intercedieron ante Jesús por el siervo del centurión que construyó una sinagoga en la ciudad, lo que implicaría que ya había visto o escuchado sobre la autoridad de Jesús de primera mano. Esta posibilidad explicaría la confianza con la que se acerca y la rapidez con la que se postra ante Él.
Pero lo más importante es su desesperación. Su hija única, de doce años, estaba muriendo. En ese momento, su cargo, su prestigio y la opinión de otros líderes religiosos dejaron de importar. La necesidad lo llevó a Jesús, y su fe lo hizo caer a sus pies en público, reconociendo que solo Él podía salvarla. Su gesto fue un acto de humildad extrema para alguien de su posición, y los evangelios lo presentan como un ejemplo de fe que insiste, que se mueve y que no se avergüenza de buscar a Jesús aun cuando otros lo rechazan.
Una multitud
Jesús permite que la multitud lo acompañe porque Él nunca rechaza a quienes lo buscan, aunque no todos tengan fe madura o intenciones puras. La multitud representa a todos los que están curiosos, necesitados, confundidos o simplemente atraídos por lo que Jesús hace. Él los deja caminar con Él porque ese camino es parte del proceso: algunos verán un milagro y creerán, otros solo observarán, otros se irán sin entender nada. Pero Jesús no cierra el camino a nadie.
Además, Jesús permite que la multitud lo acompañe porque ese trayecto es parte de su ministerio: Él enseña mientras camina, observa corazones, escucha necesidades, y deja que la gente experimente su presencia.
Así continúa la historia con la caminata hacia la casa de Jairo cuando Jesús tiene un encuentro con una mujer llena de fe y desesperada por un milagro.
Llevaba doce años sufriendo de flujos de sangre
Marcos 5:25-34: Había allí una mujer que llevaba doce años sufriendo de flujos de sangre. Había sufrido mucho bajo el cuidado de varios médicos y había gastado todo lo que tenía sin ninguna mejoría. De hecho, cada vez se ponía peor. La mujer oyó hablar de Jesús. Pasó en medio de la gente hasta llegar a Jesús por detrás y le tocó su manto. Ella pensaba: «Si sólo puedo tocar su manto, quedaré sana». Apenas lo tocó, la mujer dejó de sangrar. Sintió que su cuerpo había quedado sanado de la enfermedad. En ese momento Jesús se dio cuenta de que había salido poder de él. Se detuvo, dio vuelta y preguntó:
—¿Quién me tocó el manto?
Los seguidores le dijeron:
—Hay tanta gente empujando y tú preguntas: “¿Quién me tocó?”
Pero Jesús siguió mirando para saber quién había sido. La mujer sabía que había sanado. Así que se acercó y se arrodilló a sus pies. Ella estaba temblando de miedo y le contó toda la verdad. Luego, Jesús le dijo:
—Hija, tu fe te ha sanado. Vete en paz y sin ninguna enfermedad.
Esa mujer era intocable
Esta mujer tenía un sangrado menstrual anormal, constante y debilitante. En la cultura judía del primer siglo, una mujer con flujo de sangre continuo era considerada ritualmente impura según Levítico 15. Esto significaba que no podía entrar a la sinagoga, no podía participar en celebraciones religiosas, no podía tocar a nadie sin transmitir impureza, y nadie podía tocarla sin quedar impuro también. Su cama, su silla, su ropa, todo lo que tocaba se volvía impuro. En la práctica, esto la convertía en una mujer aislada, evitada, marginada.
Su esposo, si tenía uno, no podía tener intimidad con ella. Su familia debía mantener la distancia. Doce años así no eran solo una enfermedad: eran una vida de vergüenza, soledad y rechazo. Su sufrimiento era también espiritual: no podía acercarse a Dios en las sinagogas. Doce años de impureza significaban años sin comunidad, sin contacto humano normal, sin esperanza de restauración. Era una vida rota en todos los sentidos. Por eso su acto de tocar el manto de Jesús es tan audaz y desesperado. Culturalmente, ella no debía tocar a nadie, mucho menos a un maestro o rabino.
De hecho, cada vez se ponía peor
Los tratamientos disponibles en Israel en esa época eran una mezcla de medicina rudimentaria, remedios populares y prácticas que hoy consideraríamos inútiles o incluso dañinas.
En el siglo I, una mujer con flujo de sangre constante era tratada con métodos que combinaban medicina grecorromana, tradiciones judías y remedios supersticiosos. Algunos tratamientos eran físicos: tónicos hechos con hierbas, infusiones de plantas secas, compresas calientes o frías, baños minerales y brebajes destinados a “fortalecer la sangre”. Otros eran más agresivos: sangrías, cauterizaciones, o la ingestión de mezclas con minerales o metales pulverizados que podían causar daño interno.
También existían remedios populares que hoy nos parecen extraños: beber vino mezclado con polvo de ciertas raíces, cargar objetos considerados “protectores”, o incluso prácticas mágicas heredadas de culturas vecinas. El Talmud, que recoge tradiciones médicas antiguas, menciona tratamientos para el flujo de sangre que incluían beber mezclas extrañas, cargar cenizas de huevos de avestruz en una bolsa de lino, o sentarse sobre ciertos objetos mientras se pronunciaban frases rituales. Nada de esto funcionaba, y algunos tratamientos podían empeorar la condición o causar anemia severa.
Además, los médicos cobraban caro. Cada intento fallido significaba más dinero gastado, más dolor, más vergüenza. La mujer no solo estaba físicamente debilitada; estaba emocionalmente agotada y económicamente arruinada. Su búsqueda de sanación era una cadena interminable de decepciones. Por eso su acto de tocar el manto de Jesús es tan significativo: después de doce años de tratamientos inútiles, ella se acerca con una fe que ya no confía en los médicos. Su sanación no solo detiene el flujo; rompe un ciclo de sufrimiento que la medicina de su época jamás pudo resolver.
Jesús se dio cuenta de que había salido poder de él
La frase “Jesús se dio cuenta de que había salido poder de él” no significa que Jesús perdió fuerza ni que alguien le robó poder, sino que Él percibió internamente que su poder sanador había sido activado por la fe de la mujer. Jesús distingue entre el contacto físico de la multitud y el contacto espiritual de la fe; todos lo tocaban, pero solo ella lo tocó con una confianza que abrió la puerta a la sanidad. Él sintió que su poder había actuado porque ese poder forma parte de su naturaleza, no es algo externo que Él toma prestado.
La mujer fue sanada antes de que Jesús hablara con ella; Él se detuvo porque quería que saliera del anonimato, que fuera restaurada públicamente y que recibiera no solo sanidad física, sino identidad, dignidad y pertenencia. Jesús sabe cuándo la fe verdadera lo toca y que busca relación, no solo milagros. Cuando Él la llama “hija”, está devolviéndole identidad, dignidad y pertenencia. En un instante, Jesús revierte doce años de exclusión.
Mientras tanto, la hija de Jairo se murió. Así continúa la historia.
Tu hija ha muerto
Marcos 5:35-43: Cuando Jesús estaba todavía hablando, llegaron mensajeros desde la casa del dirigente de la sinagoga y le dijeron:
—Tu hija ha muerto, ¿para qué molestas más al maestro?
Pero Jesús no les hizo caso y le dijo al dirigente de la sinagoga:
—No tengas miedo; sólo cree.
Jesús permitió que sólo Pedro, Santiago y su hermano Juan lo acompañaran. Cuando llegaron a la casa del dirigente de la sinagoga, Jesús vio el alboroto de la gente que estaba llorando y lamentándose mucho. Jesús entró y les dijo:
—¿Por qué tanta confusión y llanto? La niña no está muerta, está dormida.
La gente se burlaba de él, pero Jesús los hizo salir a todos y entró sólo con los padres de la niña y con los que lo acompañaban. Jesús tomó la mano de la niña y le dijo:
—Talitá, cum (que significa “óyeme pequeña, ¡levántate!”).
Al instante, la niña que tenía doce años, se levantó y empezó a caminar. Todos quedaron completamente atónitos. Jesús dio órdenes estrictas de que no le contaran a nadie lo que había ocurrido. Luego les ordenó que le dieran de comer a la niña.
Todos pueden seguir, pero no todos pueden ver el milagro
La multitud podía caminar con Él, pero no podía participar en el milagro porque no estaban preparados para creer. Jesús distingue entre quienes lo siguen por interés y quienes lo siguen por fe. Jesús no necesita espectadores para demostrar su poder; necesita corazones dispuestos a creer. Por eso, aunque muchos lo acompañan, solo unos pocos presencian el milagro.
Por eso solo permite entrar a Pedro, Juan y Santiago, los tres discípulos más cercanos, y a los padres de la niña. No todos los discípulos estaban listos para ver una niña volver a la vida. Jesús no convierte el dolor de Jairo en un espectáculo público. Por eso Jesús deja afuera a los que lloran sin esperanza y a los que se burlan cuando Él dice que la niña “solo duerme”.
Jesús dio órdenes estrictas de que no le contaran a nadie lo que había ocurrido
Jesús les ordena que no cuenten a nadie lo que había ocurrido porque Él no quería que la resurrección de la niña se convirtiera en un espectáculo, ni que la gente lo buscara solo por milagros sensacionales. La multitud afuera no tenía fe. Si ellos salían diciendo que la niña había vuelto a la vida, la noticia se habría esparcido como fuego, pero no habría producido fe verdadera, sino una avalancha de gente buscando maravillas sin entender quién era Jesús realmente. Él nunca quiso fama basada en milagros, porque esa fama es superficial, volátil y peligrosa.
Vale la pena notar que, en ninguno de sus milagros, Jesús trató a quienes buscaban sanación como víctimas. Nunca les decía: “Ay, pobrecito”. Dondequiera que iba, Jesús levantaba y empoderaba a las personas, incluso a la hija de Jairo, a quien le dijo con autoridad: “¡Levántate!”.
Aplicación
1. ¿Qué te enseña la actitud de Jairo —un líder respetado que se humilla públicamente ante Jesús— sobre la importancia de dejar a un lado el orgullo, la reputación o el miedo al juicio de otros cuando buscas la intervención de Dios en tu vida?
2. ¿Qué te revela la fe de la mujer que toca el manto de Jesús sobre la diferencia entre acercarse a Él por necesidad y acercarse por confianza, y cómo te invita este pasaje a examinar la manera en que tú te acercas a Jesús en tus momentos de desesperación?
3. ¿Cómo te habla la manera en que Jesús combina ternura y autoridad al sanar a la mujer y al resucitar a la niña, y qué áreas de tu vida necesitan esa mezcla de compasión y poder que solo Él puede ofrecer?

