Jesús envía sus discípulos a sanar y expulsar demonios

Sanar, Expulsar y Predicar: Poder Prestado

En el estudio anterior, Jesús resucitó a la hija de Jairo, uno de los dirigentes de la sinagoga, y sanó a una mujer que padecía un flujo de sangre desde hacía doce años. En este estudio, Jesús envía a sus discípulos a una misión que combina autoridad divina con vulnerabilidad humana. En este pasaje, Jesús les da instrucciones prácticas y espirituales para enfrentar un mundo que no siempre recibirá el mensaje con apertura. Sus palabras revelan tanto la belleza del llamado como el costo real de seguirlo con fidelidad. Este discurso prepara el corazón del discípulo para caminar con sabiduría, pureza y valentía en medio de oposición y división.

Así comienza el estudio.

Expulsar y Sanar

Mateo 10:1: Jesús llamó a sus doce seguidores y les dio el poder de expulsar los espíritus malignos y de sanar toda clase de enfermedades. 

Los doce son enviados sin su Maestro

Jesús les da poder a los doce discípulos mediante una transferencia directa de autoridad espiritual. No fue un ritual físico ni una fórmula mágica; fue un acto de comisión divina. En el texto griego, el verbo usado (didōmi) significa “conceder” o “delegar”. Jesús, que posee autoridad sobre toda enfermedad y sobre los espíritus malignos, les delega esa autoridad para que actúen en su nombre. Es decir, no era poder propio de ellos, sino poder representativo: actuaban como enviados del Rey, bajo su autoridad y su respaldo.

Ese poder duró mientras Jesús los enviaba en misión. Era una autoridad temporal y específica para esa tarea: anunciar que el Reino de Dios había llegado, sanar y liberar. Después de la misión, el poder no desapareció del todo, pero no se manifestaba igual hasta que Jesús resucitó y prometió el Espíritu Santo.

En Hechos 2, con la venida del Espíritu Santo, los discípulos recuperan y amplían ese poder que Jesús les dio temporalmente. Pero en el libro de Hechos, como hoy en día, ya no es solo una delegación temporal, sino una presencia permanente del poder de Dios dentro de ellos. Lo que antes era autoridad “prestada” por Jesús, ahora se convierte en autoridad habitada por el Espíritu. Por eso, después de Pentecostés, los milagros se multiplican y los discípulos actúan con una confianza y una fuerza que antes no tenían. El poder ya no depende de la cercanía física con Jesús, sino de la presencia viva del Espíritu Santo en ellos.

Jesús no acompañó físicamente a los doce en la misión porque el propósito era formarlos, probarlos, y prepararlos para el ministerio que un día tendrían sin Él presente. Hasta ese momento, ellos habían visto a Jesús sanar, liberar, enseñar y confrontar, pero ahora debían hacerlo ellos mismos. Jesús sabía que la fe crece cuando se practica, no solo cuando se observa. Por eso los envía solos para que aprendan a depender de Dios, a confiar en la autoridad que Él les dio, y a experimentar que el Reino de Dios también se manifiesta a través de ellos.

Esta misión fue un entrenamiento espiritual intensivo, una especie de “primer envío” antes de la gran comisión final. Jesús quiere que ellos aprendan a caminar con la autoridad que Él les delegó, sin depender de su presencia física. Esta experiencia los prepara para el momento en que Jesús ascenderá al cielo y ellos tendrán que continuar la misión sin verlo, pero llenos del Espíritu Santo.

Además, Jesús tenía un propósito estratégico: multiplicar su obra. Si Él iba solo, alcanzaba una región; si enviaba a doce, el alcance se multiplicaba. Era el inicio del modelo que luego usaría la iglesia: discípulos que hacen discípulos. Jesús quería que aprendieran a ejercer autoridad espiritual, a confiar en Dios para provisión, y a enfrentar rechazo sin desanimarse.

Judas Iscariote estaba entre los doce

Resulta difícil imaginar a Judas sanando enfermos y expulsando demonios, especialmente sabiendo cómo termina su historia. Pero justamente por eso su caso revela algo muy profundo sobre cómo funciona la autoridad espiritual en la Biblia. Judas participó en los milagros porque la autoridad que Jesús les dio a los doce no dependía del carácter de cada uno, sino de la autoridad del mismo Jesús. La misión funcionaba porque Jesús es fiel, no porque Judas lo fuera. Esto encaja con otros ejemplos bíblicos donde personas no transformadas interiormente aun así ejercen dones o autoridad espiritual, como Balán o Saúl.

Judas nunca permitió que su corazón fuera transformado, aunque caminó con Jesús, escuchó sus enseñanzas y vio su gloria. Esta misión muestra el poder de Jesús, pero no revela el corazón de Judas. Su pecado oculto —la codicia, el robo, la doble vida— fue endureciendo su interior hasta que finalmente abrió la puerta para que Satanás entrara en él.

La historia de Judas muestra que participar en la obra de Dios no es lo mismo que amar a Dios. Los dones no sustituyen la transformación. Judas estuvo cerca de la Luz, vio milagros, predicó el Reino y aun así nunca entregó su corazón.

Así continúa el texto con instrucciones de Jesús para sus discípulos.

Mateo 10:5-10: Jesús envió a los doce y les dio estas instrucciones: «No vayan a la gente que no es judía y tampoco a ningún pueblo donde vivan los samaritanos. En vez de eso, vayan a las ovejas perdidas del pueblo de Israel. Vayan allá y díganles: “El reino de Dios está cerca”. Sanen a los enfermos, resuciten a los muertos, sanen a los leprosos y expulsen demonios. Ustedes han recibido gratuitamente, así que también den gratuitamente. No lleven nada de dinero consigo: ni oro, ni plata, ni cobre. No lleven provisiones para el camino, ni ropa para cambiarse, ni otro par de sandalias, ni un bastón, porque los que trabajan merecen recibir su sustento.

Sanan, resuciten y expulsen

Aunque Él mismo enseñó y sanó en Samaria, no envió a sus discípulos allí en ese momento porque su misión inicial tenía un propósito muy específico dentro del plan de Dios. Esto no fue exclusión, sino prioridad. Dios había prometido que el Mesías vendría primero a Israel, para cumplir las profecías y ofrecerles la oportunidad de reconocerlo. Jesús estaba cumpliendo ese orden: primero el pueblo del pacto, luego las naciones. Su misión inicial era restaurar a Israel, preparar el terreno para el Reino y mostrar que las promesas hechas a Abraham se estaban cumpliendo.

Los samaritanos, aunque creían en el Dios de Israel, eran considerados por los judíos como mezcla impura de sangre y religión. Jesús, sin embargo, rompe esa barrera personalmente cuando habla con la mujer samaritana. Él mismo abre el camino, pero espera que sus discípulos lo sigan después de que el Espíritu Santo los transforme. Pero, por el momento, ellos todavía no estaban listos para enfrentar el conflicto cultural y religioso que implicaba predicar fuera de Israel.

Más adelante, después de la resurrección, Jesús amplía la misión: “Serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta lo último de la tierra” (Hechos 1:8). Es decir, Samaria se convierte en el siguiente paso del plan. Primero Israel, luego Samaria (los “medio hermanos”), y finalmente los gentiles. En Hechos 8, Felipe predica en Samaria y los samaritanos reciben el Espíritu Santo, cumpliendo así el orden perfecto que Jesús había trazado.

¿Cómo se sentían los discípulos con tanto poder divino?

La Biblia no nos da un diario personal de sus emociones, pero sí nos da suficientes pistas para reconstruir cómo se sintieron cuando Jesús les dio poder para sanar, expulsar demonios y, en algunos casos, incluso resucitar muertos. Lo que experimentaron fue una mezcla intensa de asombro, alegría, temor, responsabilidad y sorpresa.

Ellos habían visto a Jesús sanar y liberar, pero ahora lo hacían ellos mismos. Lucas dice que regresaron “llenos de alegría”, celebrando que hasta los demonios se les sometían. Era la emoción de descubrir que el Reino de Dios no era solo algo que observaban, sino algo que fluía a través de ellos. Para hombres comunes —pescadores, un cobrador de impuestos, un zelote— esto debió sentirse como entrar en una realidad completamente nueva.

Pero junto con la alegría vino un temor reverente. No era miedo de los demonios, sino la conciencia de que estaban manejando algo santo, algo que no pertenecía a ellos. Jesús les recuerda que no se alegren por el poder, sino porque sus nombres están escritos en el cielo. Eso implica que algunos de ellos estaban tan sorprendidos por lo que podían hacer que Jesús tuvo que recalibrar su enfoque: el poder es real, pero la relación con Dios es más importante.

También debieron sentir una profunda responsabilidad. Tuvieron que confiar en que la autoridad que Él les dio era suficiente. Imagínate a Pedro o Juan entrando por primera vez a una casa donde alguien estaba enfermo o atormentado, sin Jesús a su lado. Debió haber una mezcla de nervios, fe y dependencia total. Y cuando el milagro ocurría, la sorpresa debió ser enorme: no era su fuerza, era la autoridad de Jesús actuando a través de ellos. Ellos no eran líderes religiosos, no eran escribas, no eran expertos en la Ley. Eran hombres comunes que de pronto veían que el Reino de Dios se manifestaba con poder en sus manos. Esa experiencia los marcó para siempre.

No lleven nada

Pedirles no llevar dinero ni provisiones suena imprudente, pero fue formación espiritual. Jesús mismo explica por qué: los discípulos debían aprender a confiar en la providencia de Dios y en la hospitalidad del pueblo al que eran enviados. Los comentaristas bíblicos señalan que esta instrucción no era una regla universal para todo tiempo, sino una pedagogía temporal para esa misión específica.

Jesús les pide que no lleven dinero, provisiones ni ropa extra porque quería que fueran libres de preocupaciones materiales y que su misión dependiera de la fe, no de la planificación humana. La “pobreza evangélica” era parte del estilo del enviado: viajar ligero, sin distracciones, confiando en que Dios proveería a través de quienes recibieran el mensaje.

Jesús les pide confianza activa. Ellos no iban a mendigar; iban a servir. Y “el trabajador merece su sustento” significa que quienes recibieran el beneficio espiritual de su ministerio también proveerían lo necesario para su camino.

¿Y si la gente no quisiera darles sustento? Jesús ya lo había previsto: si una ciudad no los recibía, debían irse a otra. La misión no dependía de la generosidad de todos, sino de la fidelidad de algunos. Además, Jesús les advierte que la misión sería difícil, que enfrentarían rechazo y hostilidad, y que necesitarían prudencia y discernimiento.

Así continúa las instrucciones de Jesús para sus doce discípulos.

Mateo 10:11-15: »Cuando entren a una ciudad o a un pueblo, busquen a alguien que sea digno de confianza y quédense en su casa hasta que ustedes se vayan.  Cuando entren a esa casa, digan: “La paz sea con ustedes”. Si esa familia les da la bienvenida, entonces ellos son dignos de su bendición de paz y esa bendición se quedará con ellos. Pero si la gente de allí no les da la bienvenida, entonces llévense consigo la bendición de paz que les desearon, porque no la merecen. Si en una casa o pueblo no les dan la bienvenida ni los escuchan, salgan de ahí y sacúdanse el polvo de los pies. Les digo la verdad: en el día del juicio le irá mejor a Sodoma y Gomorra que a la gente de ese pueblo.

Busquen a alguien que sea digno de confianza

Cuando Jesús les dice que busquen a alguien “digno de confianza” al entrar en una ciudad o pueblo, no les está pidiendo que adivinen el corazón de las personas ni que tengan un don especial para detectar santidad. En el mundo judío del siglo I, la dignidad era algo visible, práctico y comunitario. Los discípulos podían reconocerla por la hospitalidad sincera, porque en esa cultura recibir a un viajero con respeto, agua y descanso era una señal de honor.

La reputación también era clave: en aldeas pequeñas todos sabían quién era honesto, quién era generoso, quién era respetado, y quién era problemático. Ellos podían observar cómo la gente trataba a esa persona o simplemente ver cómo reaccionaba la comunidad cuando se acercaban a su casa.

La apertura al mensaje era otra señal. Jesús les enseña que la persona “digna” es la que recibe el anuncio del Reino con humildad, sin burla ni hostilidad. La casa que ofrecía paz, orden y buena voluntad era el lugar correcto. Si el ambiente era conflictivo, agresivo o burlón, no era el sitio donde debían quedarse.

La dignidad también se veía en la coherencia entre palabras y acciones: honestidad en el trato, respeto hacia los demás, ausencia de engaño, generosidad sin manipulación. Los discípulos no necesitaban un examen espiritual profundo; bastaba observar cómo vivía la persona y cómo se comportaba en lo cotidiano.

Si se equivocaban, Jesús ya había previsto esa posibilidad. Si una casa o una ciudad no los recibía, debían irse. La misión no dependía de acertar siempre, sino de avanzar donde hubiera apertura. La instrucción era práctica: si hay acogida, quédense; si hay rechazo, sigan adelante. La dignidad, en este contexto, no era perfección moral, sino apertura sincera, hospitalidad honesta y un ambiente donde la paz del Reino pudiera descansar.

¿La paz se queda o se aparta?

Los comentaristas bíblicos coinciden en que Jesús no está hablando de una “bendición mágica” que flota o se mueve, sino de algo profundamente relacional y espiritual: la paz del Reino, ofrecida por los discípulos, puede ser recibida o rechazada. Y según la respuesta de la casa, esa paz “permanece” o “regresa” a quien la ofreció.

Cuando Jesús habla de que la bendición de paz puede “quedarse” en una familia o “apartarse” de ella, los comentaristas explican que está usando el lenguaje de la hospitalidad judía y del “shalom”. En la Biblia, la paz no es solo tranquilidad emocional; es la presencia activa del favor de Dios, su protección, su armonía, su plenitud.

Cuando los discípulos entraban a una casa y decían “paz a esta casa”, no estaban pronunciando un saludo vacío, sino ofreciendo la presencia del Reino que ellos mismos llevaban. Si la familia recibía a los discípulos con apertura, hospitalidad y fe, esa paz se “quedaba”, es decir, la casa entraba en comunión con la misión del Reino y recibía sus beneficios espirituales: consuelo, protección, bendición, cercanía con Dios. La paz permanecía porque había un corazón receptivo.

Pero si la casa rechazaba a los discípulos, esa paz “regresaba” a ellos. Los comentaristas dicen que esto significa que la bendición no podía descansar sobre un ambiente hostil, incrédulo o burlón. La paz no se desperdicia ni se impone; la presencia del Reino no se fuerza sobre quienes la rechazan. En ese sentido, “llevarse la paz” significa que la misión continúa sin quedar atada a la dureza de corazón de esa casa. La bendición vuelve al mensajero, porque él sigue bajo el favor de Dios, aunque la casa no lo haya querido recibir.

Jesús está protegiendo emocionalmente a sus discípulos. Les está diciendo que el rechazo no es un fracaso personal. Si una casa no recibe la paz, ellos no pierden nada; la paz vuelve a ellos. La misión no se contamina por el rechazo. La bendición no se pierde. El discípulo no queda vacío. La paz que trae el Reino es demasiado valiosa para quedar en un lugar donde no es bienvenida.

Le irá mejor a Sodoma y Gomorra que a la gente de ese pueblo

Sodoma y Gomorra fueron destruidas totalmente. Cuando Jesús dice que a Sodoma y Gomorra “les irá mejor” en el día del juicio que a un pueblo que rechaza a los discípulos, los comentaristas bíblicos explican que Jesús está usando un lenguaje deliberadamente chocante para mostrar la gravedad del rechazo del evangelio, no tanto por rechazar a los discípulos. Sodoma y Gomorra fueron destruidas por su maldad extrema, pero ellas nunca tuvieron la oportunidad de escuchar el mensaje del Reino ni de recibir a enviados de Dios con la claridad que los discípulos traían. En cambio, los pueblos que rechazan a los discípulos están rechazando una revelación mayor, más directa y misericordiosa. Por eso Jesús dice que su responsabilidad es más grande.

Los comentaristas aclaran que Jesús no está diciendo que esos pueblos serán destruidos físicamente como Sodoma y Gomorra. Está hablando del día del juicio, no de un castigo histórico. La comparación es sobre la severidad del juicio espiritual, no sobre el tipo de destrucción. Sodoma y Gomorra recibieron un juicio temporal; los pueblos que rechazan el evangelio enfrentarán un juicio eterno.

También explican que Jesús está usando un recurso típico de los profetas: comparar el rechazo del mensaje de Dios con los pecados más infames del Antiguo Testamento. En la lógica profética, el pecado más grave no es la inmoralidad de Sodoma, sino rechazar la revelación de Dios cuando Él se acerca con gracia. Esta frase también sirve para consolar a los discípulos. Jesús les está diciendo que el rechazo que experimenten no es un fracaso personal, sino una decisión espiritual seria por parte de quienes los rechazan. El juicio no cae sobre los discípulos, sino sobre quienes cierran sus corazones.

Así continúa las instrucciones de Jesús para sus discípulos con una advertencia.

Jesús hace una advertencia

Mateo 10:16-20: »Tengan en cuenta que los envío como ovejas en medio de lobos. Así que sean astutos como las serpientes, pero sencillos como las palomas.  Cuídense de la gente porque los entregarán a las autoridades, los llevarán para juzgarlos y los azotarán en las sinagogas. Los harán presentarse ante gobernadores y reyes por ser mis seguidores. Ustedes serán mis testigos ante ellos y ante los que no son judíos. Cuando los arresten, no se preocupen por lo que van a decir o cómo lo van a decir. En ese momento Dios les dirá lo que han de decir, ya que no serán ustedes los que hablen, sino el Espíritu de su Padre a través de ustedes.

Sean astutos como las serpientes, pero sencillos como las palomas

Jesús está describiendo dos cualidades que deben coexistir, no dos extremos opuestos. Ser “astutos como serpientes” y “sencillos como palomas” es una manera de decir que el discípulo debe tener discernimiento sin malicia, inteligencia sin manipulación, prudencia sin perder la pureza del corazón.

Cuando Jesús dice que seamos astutos como serpientes, los comentaristas explican que la serpiente, en la literatura judía antigua, era símbolo de prudencia, cautela y capacidad de evitar el peligro. No se refiere a la serpiente como símbolo del mal, sino a su habilidad para moverse con cuidado, evitar trampas y sobrevivir en ambientes hostiles.

Jesús está enviando a sus discípulos a un mundo donde habrá rechazo, persecución, engaño y oposición. Ser astutos significa no ser ingenuos, no exponerse innecesariamente, saber leer las intenciones de las personas, evitar conflictos inútiles, proteger la misión y actuar con inteligencia estratégica. Es la capacidad de discernir peligros, de no caer en provocaciones, de no entregar información a quien la usaría para hacer daño, de saber cuándo hablar y cuándo callar, cuándo avanzar y cuándo retirarse.

Cuando Jesús dice que seamos sencillos como palomas, la paloma simboliza pureza, transparencia, inocencia, ausencia de malicia y sinceridad. La sencillez de la paloma no es torpeza ni ingenuidad, sino un corazón limpio que no manipula, engaña, ni actúa con doble intención. Es la capacidad de mantener la integridad, la honestidad y la bondad incluso en ambientes hostiles. Jesús quiere que sus discípulos sean personas que no usan la astucia para dominar, manipular o engañar, sino para proteger la misión y actuar con sabiduría sin perder la transparencia del corazón.

Los comentaristas dicen que Jesús une estas dos imágenes para evitar dos errores comunes. El primer error es ser solo paloma: puro, sincero, pero ingenuo, vulnerable, fácilmente engañado o manipulado. El segundo error es ser solo serpiente: inteligente, estratégico, pero frío, calculador, desconfiado o manipulador. Jesús quiere discípulos que tengan la inteligencia de la serpiente sin la malicia de la serpiente, y la pureza de la paloma sin la ingenuidad de la paloma. Es una combinación que produce un carácter maduro: prudente, pero no desconfiado; sincero, pero no vulnerable; estratégico, pero no manipulador; puro, pero no ingenuo.

Así continua las instrucciones de Jesús para sus discípulos.

Todos los van a odiar por causa de mi nombre

Mateo 10:21-25: »El hermano traicionará y entregará a la muerte al hermano. El papá entregará a la muerte al hijo. Los hijos se pondrán en contra de los padres y los matarán. A ustedes, todos los van a odiar por causa de mi nombre, pero al que se mantenga fiel hasta el final, será salvo. Cuando los persigan en una ciudad, vayan a otra. Porque les digo la verdad: el Hijo del hombre regresará antes de que ustedes terminen su trabajo en las ciudades de Israel.

»Un estudiante no es más importante que su maestro, ni un esclavo más importante que su amo.  Un estudiante debe estar satisfecho de ser como su maestro. Un esclavo debe estar satisfecho de ser como su amo. Si al jefe del hogar se atrevieron a llamarlo Beelzebú, ¿qué no le dirán al resto de la familia?

La rotura familiar por el evangelio

Cuando Jesús dice que el hermano entregará al hermano, el padre al hijo y los hijos matarán a los padres, Él no está describiendo una regla universal ni diciendo que todas las familias se destruirán. Está anunciando que la llegada del Reino provoca una división profunda en los corazones, y que esa división puede atravesar incluso los vínculos más íntimos.

En el mundo judío del siglo I, la lealtad familiar era sagrada, pero la lealtad religiosa era aún más fuerte. Cuando alguien abrazaba una fe que la familia consideraba peligrosa, herética o traicionera, podía ser denunciado ante las autoridades. Jesús está preparando a sus discípulos para un conflicto real: seguirlo no siempre será celebrado, sino visto como una amenaza.

Los comentaristas señalan que Jesús está usando un lenguaje profético que recuerda a Miqueas 7:6, donde se describe una sociedad tan corrompida que las relaciones familiares se rompen por causa de la injusticia y la idolatría. Jesús toma ese texto y lo aplica a la misión cristiana: la verdad del Reino revelará lo que hay en los corazones, y algunos responderán con fe, mientras otros responderán con hostilidad.

Jesús está hablando de persecución, no solo de conflictos emocionales. En el contexto del primer siglo, un padre podía denunciar a su hijo ante las autoridades romanas o sinagogales por seguir a Jesús. Un hermano podía entregar a otro para evitar que toda la familia fuera castigada. Un hijo podía acusar a sus padres para proteger su propio estatus social o religioso. Jesús no está diciendo que esto es lo que Él desea, sino que esto es lo que ocurrirá cuando la fe choque con estructuras sociales, religiosas y políticas que se sienten amenazadas.

La frase “los matarán” es interpretada por los comentaristas como una advertencia de que la persecución puede llegar al martirio. No significa que Jesús esté ordenando o aprobando violencia familiar, sino que está describiendo la realidad histórica que muchos discípulos enfrentarían. En los primeros siglos, hay registros de familias que entregaron a sus propios miembros por seguir a Cristo. Jesús está preparando a sus discípulos para que no se sorprendan ni se desanimen cuando la fe provoque rechazo incluso en quienes deberían amarlos.

Jesús está diciendo que la familia no siempre será un refugio seguro para el discípulo. La fe no garantiza armonía familiar; a veces la fe revela tensiones profundas. Jesús quiere que sus discípulos sepan que su identidad en Él es más estable que cualquier vínculo humano, incluso los más sagrados. La misión del Reino es tan importante que puede generar oposición en los lugares donde uno esperaría apoyo.

En el próximo estudio, continuaremos con las instrucciones de Jesús antes de enviar a sus discípulos a predicar y sanar al pueblo judío.

Aplicación

1. ¿Qué significa para mí que Jesús envía a sus discípulos con autoridad, pero también con vulnerabilidad, y cómo me invita eso a confiar en Él cuando enfrento oposición o rechazo por causa de mi fe?

2. ¿En qué situaciones de mi vida necesito aprender a vivir con la combinación que Jesús pide: la astucia de la serpiente para discernir el mal y la sencillez de la paloma para mantener un corazón limpio?

3. ¿Cómo me afecta saber que seguir a Jesús puede traer división incluso en relaciones cercanas, y qué decisiones de fidelidad me está llamando a tomar aunque cuesten emocionalmente?

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Jesús resucita a la hija de Jairo y sana a una mujer